En el verano de 1968, la NBA amplió formato: de doce a catorce franquicias (en 1976 ya eran 22 tras la fusión con la ABA) tras la inclusión de dos nuevas, Phoenix Suns y Milwaukee Bucks. A partir de esta noche (03:00 hora española), cincuenta y tres años después, Suns y Bucks juegan por el anillo de campeón. Una final imprevista, una apuesta casi imposible en el arranque de la temporada, que coronará por primera vez a los de Arizona o por segunda a los de Wisconsin.

Así que, en cierto modo, esta final hila para siempre el destino de dos franquicias que llegaron juntas a la Liga y se jugaron un año después, en 1969, el número 1 del draft por el sistema de moneda al aire. Ganaron los Bucks, que se llevaron a Lew Alcindor, el jugador que en 1971 pasó a llamarse Kareem Abdul-Jabbar y en 1975 se fue a los Lakers. Con él y Oscar Robertson, los Bucks, por entonces equipo de la Conferencia Oeste, pasaron en dos años de 27 a 66 victorias y se proclamaron campeones en 1971. Después, perdieron la final de 1974 contra los Celtics, el mismo y grandísimo equipo (Dave Cowens, John Havlicek, Jo Jo White…) que dejó sin título dos años después, en 1976, a unos Suns que solo habían vuelto una vez más a la gran batalla. Fue en 1993, cuando el equipo comandado por Charles Barkley no pudo con los Bulls de un Michael Jordan divino (41 puntos, 8,5 rebotes y 6,3 asistencias por partido).

Así que Suns y Bucks solo cominaban, en la parrilla de salida de esta temporada, cuatro Finales y un título. Y de sus actuales plantillas, solo un jugador (Jae Crowder: seis la pasada temporada con los Heat) sabe lo que es disputar un partido en la lucha por el título. Pero han sido, finalmente, los mejores de una temporada y unos playoffs marcados por las lesiones. De Jamal Murray a Anthony Davis y LeBron James; de Kawhi Leonard a Mike Conley y Donovan Mitchell; de Joel Embiid a James Harden y Kyrie Irving… y, claro, de Trae Young a un Giannis Antetokounmpo que tiene en vilo a la NBA.

Sin noticias de Giannis Antetokounmpo

El jugador franquicia de los Bucks, el dos veces MVP de la NBA, sufrió una sufrió una hiperextensión en la rodilla izquierda en el cuarto partido de la final del Este. No ha jugado desde entonces y es duda para el inicio de la gran batalla contra los Suns. Se trata de si juega… pero también de en qué condiciones lo hace. Sin él, su equipo superó a Atlanta Hawks, pero lo tendría en chino contra un rival del nivel de los Suns.

Ayer todas las señales fueron vagas, todas las palabras ambiguas. Nadie fuera del círculo más interno de los Bucks (o quizá ni ahí) sabe si Giannis jugará esta noche… y las próximas. Y nadie sabe cómo está, en caso de que se lance a hacerlo, la rodilla de un jugador que vive de sus (portentosas) explosiones físicas. Mala cosa para cerrar el año, y no ha cesado la controversia al respecto, del calendario comprimido en tiempos de pandemia: se acabó la pasada temporada (título de los Lakers) el 11 de octubre y se empezó esta el 22 de diciembre. Con 72 partidos por equipo, no los 82 habituales, y un ritmo extenuante para evitar jugar en agosto, anatema para las televisiones, y enlazar sin pisarse con los Juegos Olímpicos: un hipotético séptimo partido se jugaría el 22, un día antes de la ceremonia de inauguración. Hay tres jugadores (Devin Booker, Khris Middleton, Jrue Holiday) que están en esta Final y estarán el día 25 en Tokio, cuando EE UU debute contra Francia.

El cuento de hadas contra el exorcismo

La sombra de Giannis (y de su rodilla…) se alarga sobre cualquier pronóstico y expectativa de unas Finales que podrían ser excelentes con todos los protagonistas presentes y en plenitud. Una batalla entre segundos de Conferencia, rendidos los primeros (Utah Jazz y Philadelphia 76ers) y demolidos los favoritos que asomaban por detrás, todos crujidos por las lesiones: Lakers, Clippers y unos Nets que llegaron a parecer todopoderosos. Esta será una batalla que medirá dos formas de vivir unos playoffs, dos maneras de viajar de eliminatoria en eliminatoria, dos de enderezar un proyecto y poner rumbo a la elite. El cuento de hadas de los Suns contra el exorcismo de los Bucks.

Porque en el Este se quiso dar por amortizados ya a estos Bucks, desde luego demasiado pronto. El ascenso de los Nets atómicos, la construcción de un monolito de músculo en Philadelphia y la aparición de Miami Heat (flor de un día, por ahora) sacaron de plano a un equipo en el que se había dejado de creer, por las limitaciones en playoffs de su entrenador (Mike Budenholzer) y su estrella (el híper físico Giannis). Los Bucks ganaron solo 15 partidos en la temporada 2013-14, ya a bordo sus dos all star, el griego y el extraordinario escolta Khris Middleton. Sufrieron dolores de crecimiento y explotaron en 2018, tras la salida del banquillo del retorcido Jason Kidd, que ahora dirigirá a Luka Doncic en los Mavericks (veremos cómo va eso). Después de dos temporadas de 60 y 56 victorias y dos costalazos tremendos en playoffs (contra Raptors y Heat), los Bucks parecían material con fecha de caducidad, un equipo en el que Budenholzer agotaba trayecto y sobre el que pendía como un castigo divino la agencia libre de Antetokounmpo.

Pero el griego apostó por seguir en su casa (número 15 del draft de 2013) sin condiciones (228 millones por cinco años) y los Bucks eligieron darse otra oportunidad con una nueva estructura que sumó a Jrue Holiday y se quedó sin Bogdan Bogdanovic después de un extraño sainete. La apuesta por la evolución sin revolución funcionó, rematada por la llegada de PJ Tucker en marzo. Hizo falta que las lesiones crujieran a los Nets, pero siempre hay que encontrar viento a favor. Así ha sido para un equipo que vive en un ejercicio de superación de sus límites, de confrontación de sus miedos; en el que las lesiones en clave baja (DiVincenzo) o nuclear (Giannis) no han sido excusa y en el que Middleton ha explotado como súper estrella (si es que no lo era), Antetokounmpo ha enseñado trazos de su evolución definitiva hacia el jugador total que acabará siendo y Jrue, Tucker y Brook Lopez han aparecido cuando se les ha necesitado. Un bloque resiliente y ultra físico, que conquista las batallas en las que antes sacaba bandera blanca y que tiene la mejor defensa de los playoffs (la segunda es la de los Suns) y una dependencia menor del triple que en pasadas temporadas. Y un entrenador, el cuestionadísimo Budenholzer, que esta vez si se ha atrevido con algunos volantazos: nuevos sistemas defensivos, ajustes en las eliminatorias, soluciones para un ataque con tendencia bipolar…

Esa pelea contra el destino de los Bucks, que parecieron ventilados cuando perdían 2-0 con los Nets pero que han sido uno de los tres o cuatro mejores equipos de la NBA en el último trienio, contrasta con el meteórico ascenso de Phoenix Suns. El equipo del valle llevaba desde 2010 sin jugar playoffs y tiene el peor porcentaje de triunfos (30,2%) de un finalista en el lustro anterior a luchar por el título. La siguiente peor marca es, dos años seguidos de susto, la de los Lakers 2020, que llegaron al título tras seis años sin playoffs.

Los Suns, hace dos telediarios un ejemplo de disfunción y caos, llevaba desde 2014 sin alcanzar el 50% de victorias y han saltado en esta temporada a un 70% (51-21) que equivale a casi 60 en una temporada de calendario normal. Ya tenían ese valioso núcleo joven que forman los aleros Mikal Bridges y Cam Johnson, el pívot DeAndre Ayton (número 1 del draft de 2018, el de Luka Doncic) y el escolta Devin Booker, un anotador maravilloso que (24 años) ha sido ya dos veces all star y es uno de los únicos seis jugadores que ha anotado 70 puntos en un partido NBA (marzo de 2017). Pero venían (con Booker, Ayton y Bridges) de ganar 19 partidos en la temporada 2018-19.

El nuevo armazón incluye llegadas clave en despachos (James Jones), banquillo (Monty Williams) y pista, donde apostó muy fuerte por Chris Paul, que pasó a ocupar el puesto de base que había cubierto con éxito Ricky Rubio la pasada temporada, cuando los Suns dieron señales de vida y firmaron un prometedor 8-0 en su paso (sin playoffs) por la burbuja de Florida. Paul (36 años) va a jugar su primera Final después de 16 años y más de 1.200 partidos en la NBA, 123 de playoffs. Once veces all star, el billete para la lucha por el título se le había resistido hasta ahora (Hornets, Clippers, Rockets…) a uno de los mejores bases de la historia, que consagraría su lugar en esa lista de elegidos con un anillo de campeón. Más vale tarde que nunca.

Los Suns han sufrido percances, sobre todo en las carnes del propio Paul (lesiones de hombro y mano, trance con los protocolos sanitarios) pero han marchado en todos los playoffs con el viento muy de cara: las lesiones de los Lakers (Davis a la cabeza), la ausencia de Jamal Murray y las de Kawhi Leonard y Serge Ibaka. Ahora, el estado físico de Antetokounmpo puede ponerles en bandeja un título que sería de plena justicia en todo caso: no existen los asteriscos. Los Suns juegan de maravilla, ganan de mil maneras distintas, tienen talento, dureza y unos jóvenes que están sobradamente preparados pese a su teórica inexperiencia. Son un equipo sin apenas puntos débiles que está a cuatro victorias de completar un viraje total tras años en el fango y alcanzar lo que no pudieron antes Steve Nash, Charles Barkley, Amar’e Stoudemire, Kevin Johnsnon, Paul Westphal, Dick Van Arsdale, Alvan Adams, Tom Chambers…

Será el primer anillo en Arizona o el segundo, medio siglo después, en Wisconsin. Será, en todo caso, una historia maravillosa y está a cuatro victorias de escribirse. Hoy se resuelve la primera: arrancan las Finales 2021 de la NBA, desde hoy ya no se duerme.