Tras dos partidos irregulares, Rafael Nadal ajustó los reglajes, se puso a punto e hizo su mejor partido de este Wimbledon. Retorció a Lorenzo Sonego, lo zarandeó y exhibió el nivel con el que pretende colocarse en la fila de favoritos del torneo (6-1, 6-2 y 6-4).

El balear, que venía de dejarse sets con rivales inferiores como el argentino Francisco Cerúndolo y el lituano Ricardas Berankis, mejoró el nivel ante Sonego, un tenista con título en hierba y con un puñado de encuentros ganados aquí. Era un aviso de lo que se podía encontrar el de Manacor, que había concedido demasiadas oportunidades en sus primeros encuentros aquí y que no tenía problemas en poner palabras a la realidad.

“He jugado mal”, dijo tras ganar a Berankis. “Pero esto me da la oportunidad de jugar bien el próximo partido”. Y cumplió su palabra. Vaya si la cumplió. Si Roger Federer, Novak Djokovic y él son los que más partidos han ganado jugando mal, también son los que más superiores han parecido al devorar a rivales como este”.

Sonego, para nada un tenista sin cintura para estas ocasiones, quedó reducido a la nada, a un espigado italiano que recibió uno tras otro los golpes de un Nadal que ha necesitado seis días de torneo y trece de aclimatación a la hierba londinense para alcanzar su mejor nivel.

Los 27 minutos que duró el primer set dejaron sin color a Sonego, desfondado. No por el cansancio de una batalla inclinada completamente, sino por su incapacidad para encontrar soluciones ante la rectitud del español. Solo dos puntos perdidos al servicio, dos roturas al italiano y casi el triple de puntos ganados.

Nadal estuvo en un nivel alejado de la realidad de los otros días y cercano a su mejor nivel en esta superficie. Los números no hacían justicia a su superioridad. Había que verlo para creerlo. De largo, su mejor partido en años en hierba. Como si jugara en tierra batida de color verde.

Prometió subir el nivel, o al menos intentarlo cuando fuera necesario y Nadal, con dos sets más en los que no bajó el ritmo ni un ápice, consiguió derribar la puerta de la segunda semana con una actuación que sirve de aviso. Tres años sin jugar en hierba no son suficientes para que el español se olvide de cómo exhibirse aquí.