Murió César Luis Menotti

by May 6, 2024

Ese departamento atrasado en el tiempo, pero lleno de magia, había quedado más vacío que nunca. El 5to A sobre la calle Paraguay, el búnker de César Luis Menotti desde siempre. Por la ventana se filtraba el ruido del microcentro, y la persiana siempre baja le daba un aspecto aún más taciturno. Mientras Menotti, fallecido este domingo a los 85 años, estuvo de pie, todos pasaron por ahí. Casi un camino de liturgia, una cita en procesión. Las paredes estaban tapizadas con fotos suyas con Borges, Cruyff, Pelé, Pedernera, Platini… Desde un rincón custodiaba un mural del Che Guevara. El televisor de tubo era una reliquia que entorpecía en el medio de un añoso mobiliario. Arriba de ese televisor, un portarretratos: él y Maradona, charlando, cada uno sentado sobre una pelota.

En tiempos de Covid, César Luis Menotti y la foto con Claudio Tapia, señal de la renovación de su vínculo con la AFA por un año: seguiría siendo el Director General de Selecciones Nacionales

Siempre con la camisa afuera del jean, se desparramaba en un sillón desvencijado y se entregaba a la charla. Ya sin cigarrillos porque hacía años que los había dejado. La pelota Tango, medio desinflada, iba de un pie al otro mientras atrapaba con su relato. Un día, Menotti le contó a LA NACION: “Cuando escucho a algunos entrenadores tengo ganas de poner una escuela…, sí una escuela. Se dejaron atrapar por este modernismo barato que impone que todo lo de ahora es mejor y lo de antes no servía para nada…”. Y puso una escuela para entrenadores, la abrió en abril de 2018. Junto con su hijo César Mario en la organización, y con el profe Fernando Signorini y Rubén Rossi en el tejido pedagógico, le dedicó mucho tiempo de sus últimos años. Lo apasionaba transmitir una idea. Como lo había hecho siempre.

Se sentía cómodo en el pasado, una queja de bandoneón era el ringtone del celular. Con sus 85 años, renegaba de las discusiones por el valor del tiempo. “¿Viejo? Claro, también suena viejo hablar de Osvaldo Pugliese, de Homero Expósito, de Yupanqui, de Goyeneche…, pero me gustaría que los escuchen…”, desafiaba. La memoria lo acompañó siempre: recitaba formaciones de memoria, orgulloso. Recordaba que, en su niñez rosarina, saber de fútbol daba estatus en la esquina del barrio. “No podías no conocer a un jugador, te daba vergüenza preguntar quién era Fulano” repetía. E insultaba, mucho. Y le ponía acento, para que cada palabra retumbase.

Pero también sonreía. Y más de lo que muchos se podían imaginar. Cuando recordaba cómo lo putearon sus amigos por no llevarlo a Maradona al Mundial ‘78. Cuando recordaba que el ‘Pelado’ Grillo lo había recibido fumando en su primera concentración como jugador en la selección. Cuando recordaba que Di Stéfano siempre le hacía la misma advertencia: ‘Un argentino te salva, dos te ayudan y tres te hacen echar’. Y un nombre le iluminaba la cara: Pep Guardiola. “Siempre digo, ‘este boludo la va a cagar’ cuando veo que intenta algo distinto…, y no, todas las veces termina teniendo razón”, explicaba con admiración.

Si crear la escuela de entrenadores lo movilizó, en enero de 2019 llegó otro reconocimiento: la AFA de Claudio Tapia lo contrató como director de selecciones nacionales. Se sintió valorado, le supo a reivindicación: volvió a la selección después de diciembre 1982, cuando se había marchado. Pero tampoco se engañó, sabía que Tapia, que genuinamente lo admiraba, compraba espalda y protección. Poco antes la AFA había confirmado en el cargo a Lionel Scaloni, y luego elegía un manager. Tan extraño como contradictorio. Menotti mantuvo una cordial relación con Scaloni y su cuerpo técnico, especialmente con Pablo César Aimar. Sí, César por Menotti. Sostuvo a Scaloni, lo defendió. Respetó su vitalidad, su entusiasmo, estuvo de acuerdo después de la Copa América de Brasil de 2019 con extenderle el contrato hasta Qatar 2022. Nunca marcó su inexperiencia como una desventaja. Incluso lo respaldó, pese a que algunas preferencias futbolísticas de Scaloni estuvieran muy lejos del menottismo: “No quiero tener la pelota en vano, sino para atacar. Lo importante es que el jugador entienda que cuando recupera la pelota, la recupera para atacar y no por la posesión en sí”, describió cierta vez Scaloni, casi como una descripción de principios futboleros.

Entre 2017 y 2019, antes del Covid, había recuperado la escena. Había dejado de estar ‘prohibido’. Accedió a entrevistas en señales históricamente enemigas (Fox) y hasta conversó con periodistas del bando opuesto, como Fernando Niembro. Al mes siguiente de su designación como director de selecciones, fue el padrino de un emprendimiento que volvió a describir sus sensibilidades: la creación del Club Villas Unidas, hijo de un encuentro entre su escuela de entrenadores y un grupo de 17 organizaciones sociales que trabajan desde hace mucho tiempo en villas y barrios populares de la Capital y el Gran Buenos Aires. “La pelota corre en los barrios como instrumento para que un niño pueda expresarse sin ninguna otra distinción que la alegría de jugar y, por supuesto, el empeño de ganar”, contó en la cancha de Excursionistas, aquel febrero de 2019.

Menotti se mantuvo cercano en el diálogo con Scaloni –respetaba mucho la trayectoria como futbolistas de Ayala y Samuel-, pasó algunas veces por el predio de Ezeiza y nunca viajó con la selección. Estuvo cerca de sumarse en medio de la Copa América de Brasil 2019, pero chequeos o contratiempos intestinales le impidieron sumarse a la delegación. Se propuso no invadir funciones, pero alguna vez habló con nombres propios, sin pretender influenciar a nadie. Antes de finales de 2019, en un ámbito privado, claro, dejó caer que olfateaba que Messi extendería mucho su carrera. Y con el listón tan alto, el camino al ocaso igualmente sería resplandeciente.

Esta vez, a diferencia de lo que había ocurrido en los 70, no hubo revolución ni cambio de paradigma. A su pesar, Menotti se convenció de que la selección no era prioridad para los clubes argentinos. Y que la AFA tampoco se rebelaría lo suficiente. Más pronto de lo deseado arrumbó su idea de hacerles firmar a todos los presidentes, en una reunión del Comité Ejecutivo, un acta de compromiso para ceder a los futbolistas cuando la selección los citase. Era impracticable. Pero no solo por los apretados calendarios, sino también por las mezquindades dirigenciales, las luchas intestinas, entre hipocresías y traiciones. También replegó su viejo anhelo de conformar una selección local. Percibió que los dirigentes sólo corrían detrás de porciones de poder.

Si el ambiente era tan hostil, ¿por qué Menotti había decidido permanecer? Sabía que estaba frente al último reto deportivo de su vida y lo animaba un último deseo, casi una obsesión: recuperar la cercanía entre la selección y el público. Renovar el sentido de pertenencia, la adhesión popular. Fiel a sus palabras en la presentación: “Sigo soñando con una selección de la gente. Durante mucho tiempo, y por diferentes razones, esa relación se debilitó. No hubo espacio para fortificar esa idea”, señaló el 25 de enero de 2019, en el predio de Ezeiza. Ese desafío lo atrapaba. Y estuvo feliz, muy feliz, por el título de Qatar, claro. Pero mucho más por la celebración popular más grande que se recuerde. La selección y la calle, el hombre cualquiera, finalmente se habían reencontrado.

Siempre encendido, desató algunas polémicas a través de su columna en el diario catalán Sport. A veces, con descripciones algo inoportunas atendiendo su cargo de director deportivo de selecciones. Escribió hasta agosto de 2020. Tenía muy definida su posición sobre algunos temas. ¿El VAR? Así se lo explicó a LA NACION: “La tecnología puesta en el fútbol no sirve para nada. Porque hay un juez, y si la pifia, que la pifie. ¿Cuántos goles en la historia del fútbol se discuten si la pelota pico detrás de la línea? ¿Tres, cinco? ¿Y cuántos goles se convirtieron en la historia? ¡¡Setenta y siete millones de goles!! Bueno loco, si te toca en un Mundial es jodido…, pero es jodido si faltan cinco minutos, sino tengo todo el partido para demostrarte que soy mejor. ¡No jodan más! Es un disparate lo que tardan revisando jugadas. Fue gol y gol, punto. Como el gol de Diego a los ingleses: ¿Qué quieren? ¿Que diga que fue con la mano? Anda a lavarte el culo, esto es un juego y es picardía…”

Menotti, en una conferencia de prensa con Lionel Scaloni, antes de la Copa América de 2019
Menotti, en una conferencia de prensa con Lionel Scaloni, antes de la Copa América de 2019 – Créditos: @STRINGER

No caía en la trampa periodística de hablar de Bilardo. Se cuidaba de ni nombrarlo. Pero reconocía que el del 86 había sido un buen equipo, y a veces, repetía un dato poco conocido: habían hecho juntos el curso de entrenador. Ante la enfermedad de Bilardo, a finales de 2018 tomó distancia de las históricas diferencias: “Mi profundo deseo es que salga adelante. Es un hombre de fútbol, yo he estado en su casa y quiero que esté bien”, aseguró.

Menotti arrastraba un cáncer desde hace años y la pandemia por el coronavirus lo recluyó. Mucho, luego le costó salir. Entre sesiones de kinesiología, cuidados por varias infecciones urinarias y algún accidente casero, prácticamente dejó de vérselo. Solo se lo escuchaba en alguna salida radial. Reapareció fugazmente con la muerte de Diego Maradona: “No lo puedo creer, es terrible. No tengo ninguna explicación, mucho dolor. No hay opinión que sirva ante esto, no tengo cabeza. Estoy destruido”, expresó el hombre que, en 1977, hizo debutar al Diez en la selección. Y Menotti volvió al silencio. Las célebres cenas de los miércoles, una reunión de amigos creada por el propio Menotti 40 años atrás, también habían perdido su dinámica. Ya casi no había madrugadas. ‘Cito’, el apodo de ese pibe de Fisherton, había empezado el viaje. Nunca le había preocupado el tiempo. Suya era la eternidad..