Al periodista solo se le permite una breve excusión diaria fuera de la burbuja olímpica. Breve, pero esclarecedora: en los dos minutos de paseo por la calle desde el hotel hasta el transporte oficial que debe llevarnos al corazón de los Juegos, los ciudadanos locales se apartan visiblemente del occidental que lleva colgada su credencial olímpica. Será miedo o simplemente el obediente caracter japonés, que responde primariamente a los consejos de las autoridades de evitar cualquier contacto con la familia olímpica.

Pero el rechazo se nota, y mucho. Y simboliza la desconexión evidente entre la ciudadanía local y los Juegos, encajados a regañadientes desde que se supo que el coronavirus de 2020 sigue vivo un año después, cuando los Juegos tokiotas tienen su última oportunidad de salir adelante. Las últimas encuestas señalan un rechazo del 86 por ciento, motivado por la pandemia y el miedo a que la competición dispare los contagios en una isla que nunca hasta ahora había presentado niveles tan preocupantes en la extensión del virus. La ciudad no respira Juegos. Tokio parece evitarlos, y pasarían desapercibidos de no ser por el carril olímpico por el que circulan los buses de los Juegos y algunos carteles. Poco más.

Además, la población local tendrá el mismo acceso al as competiciones que cualquier ciudadano de otra parte del planeta: la televisión. La prohibición de alojar público en las gradas ha acentuado el divorcio. No hay ambiente olímpico; solo un recinto a modo de burbuja al que no pueden entrar los 14 millones de habitantes de la capital nipona.

Desde 2013 y hasta la pandemia, Tokio trabajaba ilusionada en la celebración de unos segundos Juegos tras los de 1964. Debían ser los juegos de la reconstrucción, tras el desastre del tsunami en 2011. El gobierno japonés esperaba más de 20 millones de turistas, y hoy lidia con un estado de emergencia que limita los horarios comerciales y el contacto interpersonal. No habrá tampoco pantallas gigantes en espacios públicos para seguir los Juegos. Como mucho, alguna selfie ante los anillos olímpicos que decoran algunos barrios.

La culpa la tiene el virus, pero también la lentitud gubernamental en el plan de vacunación del país. Solo un 20 por ciento tienen la pauta completada, y solo el 54 por ciento de los mayores de 65 años están completamente vacunados. Una derrota en toda regla, incomprensible cuando se sabe que los Juegos estresarían la sanidad del país.