Estos Lakers, anillo o desastre

by Aug 11, 2021

Si en 2013 (por poner un año aproximado) nos dicen que van a juntarse en el mismo equipo LeBron James, Anthony Davis, Russell Westbrook, Carmelo Anthony, Dwight Howard, Trevor Ariza y compañía, nos habríamos caído del susto. Al menos el servidor que escribe estas líneas, que ve muchos nombres y muy variados en la franquicia más ganadora de todos los tiempos (junto a los Celtics). Por aquel entonces, LeBron estaba en su prime, en el mejor momento de forma de su carrera, en su versión más completa y con una capacidad defensiva que alcanzó su clímax, por obra y gracia de Erik Spoelstra y la bien edificada estructura de los Heat, con Pat Riley a los mandos. Davis acababa de llegar a la NBA tras ser campeón olímpico con Estados Unidos en 2012 y con él aterrizaban muchas y justificadas promesas de cambio. Westbrook no tenía la reputación actual y era un buen complemento para Durant en los Thunder, que habían alcanzado las Finales de 2012. Carmelo estaba mejor que nunca, lideró la Liga en anotación y a los Knicks a 54 victorias, la única ocasión en la que han superado la barrera de las 50 en todo el siglo XXI. Howard había empezado su caída con una temporada aciaga en los Lakers, pero seguía siendo el pívot más dominante de una competición que se empezaba a quedar sin la posición de center, al menos como se entendía entonces. Y Ariza era un seguro, un jugador ecuánime, un defensor voraz y un excelente triplista.

Claro que ya no estamos en 2013. Por aquel entonces, la competición se encontraba en los últimos albores de la era del pick and roll y empezaban a emerger los triples y, con ellos, esos Warriors que han cambiado el baloncesto y han elevado a Stephen Curry al Olimpo (y viceversa). Todos los jugadores mencionados, que coincidirán en los Lakers, se han criado en el baloncesto de antaño, el de los fundamentos, el de los puristas, el del bloqueo y continuación, ese en el que los pívots actuaban como tal y no como auténticos playmakers, que el hombre alto dominaba y era sinónimo de victoria, que el tiro de media distancia era predominante y que no se renunciaba a los triples, pero no se lanzaban tantos como ahora. Y no todos los mencionados se han adaptado igual a los nuevos tiempos: Carmelo fue denostado por la NBA y Westbrook por la opinión pública. El primero estuvo sin equipo durante mucho tiempo, y el segundo hizo méritos para ganarse la animadversión de casi la totalidad del mundo baloncestístico. Tampoco Howard, con su carácter jovial y adolescente, tuvo cabida hasta su consabida redención, en esos Lakers a los que ahora vuelve. Y solo LeBron ha dominado el baloncesto de hoy igual que el de ayer. Pero claro, hablamos de un jugador que está luchando, todavía, por ser el mejor jugador de la historia. Por mucho que a algunos les pese.

Otra variante imposible de obviar es la del tiempo. Ese que pasa para todos, incluso para un LeBron que parecía inmune al mismo. Ahora, se juntan en los Lakers veteranos de guerra, gente que ha visto pasar mucho por delante de sus ojos y que no cree en el destino. Que han visto cosas. Que han vivido cosas. Y no tienen ni las piernas, ni el físico, ni la capacidad atlética de hace ocho años. O cuatro. O dos. LeBron cumplirá 37 años el 30 de diciembre, Carmelo ya los tiene, Westbrook va camino de los 33, Howard de los 36, que son justo los que tiene Ariza… y sí, Anthony Davis tiene 28, pero más problemas físicos a esa edad que todos los demás juntos cuando tenían la misma. Y eso sin contar a Marc Gasol, que ha hecho efectiva su player option y seguirá, salvo sorpresa, ligado a la franquicia angelina. Otros 36 años, que serán 37 en enero. En definitiva, la mitad de la plantilla supera la treintena, el jugador franquicia encara su 19ª temporada y va a casi 100 partidos por año, contando que, además, ha disputado 10 Finales; y esa parte joven que levantaba el ánimo y corría sin descanso en defensa (Caruso, KCP, Kuzma…) ha dicho adiós en sustitución de segundas espadas que pueden ser incluso terceras.

¿A qué juegan los Lakers?

Los rumores se convirtieron en realidad cuando Adrian Wojnarowski (cómo no) anunció que Westbrook había llegado a un acuerdo con Los Angeles Lakers. Y, en ese momento, todos se preguntaron (nos preguntamos) a qué demonios estaba jugando Rob Pelinka. Nadie entendía cómo se podía llegar a esa conclusión, en qué cabeza cabía ese tipo de movimiento. El enemigo público número 1, el rey del triple-doble, la estrella estrellada, llegaba a la ciudad de la luz y a la cuna de las estrellas del cine para formar parte de un proyecto que tiene como objetivo el anillo. Pero lo hace, cuidado, con mil ojos puestos en él, juicios mal dados y un destrozo absoluto de su reputación, labrada por individualidades propias de tiempos pasados y gestas históricas que han dado como resultado  algo que ahora nadie se consigue quitar de la cabeza: ni ese es el camino para ganar, ni Westbrook el jugador para hacerlo. Salir de la sombra de Durant le permitió explotar (y de qué manera) a nivel estadístico, promediar triple-doble en cuatro de las últimas cinco temporadas, ganar un MVP y un título de Máximo Anotador… y ya. Llegó a los Rockets para apuntalar el proyecto y acabó por hundirlo del todo (que ya lo estaba, ojo), ha caído en cuatro primeras rondas en cinco años y ha dado más prioridad a sus números que a sus compañeros.

Westbrook (se va a hablar mucho de él) llega parcialmente reconciliado con la opinión pública tras una temporada en la que se echó a los Wizards a la espalda, lideró al equipo a una remontada meteórica con números de videojuego (para variar), pero se volvió a hundir en playoffs. La NBA le ignoró para los mejores quintetos (podría haber entrado perfectamente) y recibió un apoyo tan inopinado como merecido de la gente, sí… pero estando en los Wizards. Nadie le veía, ni le ve, ya a estas alturas, como miembro de un equipo ganador (o que pretenda serlo) y la posibilidad de que cuadre dentro del esquema de Frank Vogel, que se hace fuerte desde la defensa y no renuncia al contraataque, pero tampoco juega a la velocidad del explosivo base, es, cuanto menos, improbable. Westbrook asume mucho balón y no sabe jugar sin él, algo que puede chocar con un LeBron que ejercer de base desde su llegada a Los Angeles. Y tiene una virtud: ese piloto automático que pone en una regular season en la que apenas se cansa y en la que llega a todo y a todos con una facilidad pasmosa y un físico privilegiado. Puede dar descanso a los demás y tirar de genio durante el año, pero luego llegan los playoffs. Y eso sin hablar de que nos referimos a un carácter difícil de entrenar y de encontrar cabida en un vestuario, incluso en uno de personalidades tan poderosas como el angelino. Lo dicho: pero, pero, pero

La otra gran duda es cómo va a funcionar Carmelo. Pero, en este caso, su papel puede ser más sencillo de gestionar: es el veterano del grupo y ha adoptado un rol más residual desde su retorno a la NBA, con casi dos temporadas completas sin equipo y sin que nadie le quisiera. Ahora, tiene un papel más humilde y ha dejado de empeñarse en monopolizar el juego cuando ya no podía hacerlo. Eso sí, encontró sitio en los Blazers, un equipo que compartía sus virtudes y sus defectos a partes iguales: atacaba en demasía y defendía poco o nada (de hecho, recibieron más de 114 puntos por partido el último curso). A estas alturas de su carrera, es probable que Carmelo tenga pocos minutos y mal repartidos, pero con el recuerdo de su efímero (y doloroso) paso por los Rockets, a buen seguro intentará que las cosas no acaben en el dique seco antes de tiempo. Y tendrá, eso sí, que ponerse a defender si quiere tener hueco en un esquema de juego en el que tiene fantásticos defensores. Y, a la vez, competir con varios miembros de la plantilla que le pueden quitar muchos minutos: Malik Monk, Kent Bazemore (otro que pasa de la treintena), Wayne Ellington (va a cumplir 34), Talent Horton-Tucker, los novatos Austin Reaves y Joel Ayayi y el ya mencionado Trevor Ariza. Mucha competencia a demasiada edad.

La redención y el corazón del campeón

Una cosa es objetiva: Westbrook y Carmelo tienen más opciones de ganar el anillo este año que el anterior. Porque sí, los Lakers se han metido, aparentemente, en un lío sin sentido al fichar, sobre todo, al primero de ellos. Tienen una veteranía excesiva y una media de edad demasiado alta como para competir contra equipos más jóvenes y vigorosos. A jugadores muy dados a sufrir lesiones. Un vestuario difícil de aguantar. Pero tienen una plantilla llena de estrellas, a un Howard que se encuentra físicamente bien, viene de cuajar una temporada muy válida en los Sixers y resolverá los problemas interiores que los Lakers sufrieron el año pasado. Y, claro, está Anthony Davis, un hombre que respetado por las lesiones es el mejor de la NBA, un defensor inquebrantable, un atacante al que se le caen los puntos de las manos, un jugador que rebotea, tapona, pasa, anota, roba, corre, postea, vuela y lleva en volandas a su equipo. Y por su físico pasarán las opciones de los Lakers.

Y por último, claro, tenemos que hablar de LeBron. El mayor motivo para creer que los Lakers pueden ser campeones, El Rey cuya corona lleva puesta ese ser de apellido Antetokounmpo, el hombre al que jamás nadie debe subestimar. Un corazón indomable, una estrella del Olimpo, un jugador comprometido con la historia. LeBron cumplirá 37 años en diciembre y en el pasado curso baloncestístico, uno en el que sufrió los achaques de la edad y las lesiones derivadas del calendario colapsado, se fue a 25 puntos, 7,7 rebotes y 7,8 asistencias. El alero, reconvertido en base, se fue con la cuestionada The Decision de Ohio a Florida para ganar con Miami Heat. Luego, volvió a la tierra natal para conquistar el anillo prometido. Y de uno de los mercados más pequeños, se fue al más grande para volver a triunfar en el año más difícil, el del coronavirus y la ausencia de ventaja de campo. Por él, su eterna figura y su consabida leyenda pasarán las opciones de los Lakers.

Su mera presencia puede contener a Westbrook, su saber estar, el cuidado de su cuerpo y su discurso pueden ser suficientes para llegar vivos a playoffs. Y ahí, en última instancia, reaparecerá su personalidad y su persona. Ese hombre absorbente que busca el trono de Michael Jordan. Ese jugador que ha escrito una historia de la que la NBA ha comido como nadie. Ese ser celestial que busca su lugar definitivo en la historia. Sí, los Lakers están en un lío muy gordo, en un follón originado en un mercado en el que han pasado muchas cosas y muy variadas, tienen jugadores otrora muy buenos pero hoy algo pasados, o muy veteranos, un riesgo alto de lesiones, muchos egos incontenibles y una supuesta capacidad innata para autodestruirse. Pero, por encima de todo, tienen a LeBron James. Y con él, no lo olvidemos, todo es posible. Ya lo dijo Rudy Tomjanovich, en una de esas frases que tiene una competición, la norteamericana, muy dada a hablar en la vida real como hacen en las películas: “Nunca subestimes el corazón de un campeón“. Pues eso.