Durante casi 50 años, el legado de Roberto Clemente ha girado en torno al último acto de su vida. Cuando el avión que alquiló para llevarles provisiones a los damnificados de un terremoto en Nicaragua cayó al mar cerca de la costa de su tierra, Puerto Rico, en la víspera de Año Nuevo en 1972 sin dejar sobrevivientes, la reputación de Clemente como una gran figura humanitaria se convirtió en leyenda.

“Obviamente, todo el mundo sabe lo que hizo en el terreno, pero fuera del terreno, el trabajo que hizo para ayudar a la gente — no solamente en Puerto Rico, sino en otros países Latinoamericanos — era un hombre increíble”, expresó el receptor boricua de los Cardenales, Yadier Molina, acerca de Clemente. “Se puede aprender de eso”.

A Clemente, el primer jugador latinoamericano exaltado al Salón de la Fama Nacional de Béisbol, también se le recuerda como un jugador increíblemente talentoso. Durante su carrera de 18 años con los Piratas de Pittsburgh, el “Cometa de Carolina” ganó dos Series Mundiales y 12 Guantes de Oro en el bosque derecho y fue convocado a 15 Juegos de Estrellas. El Jugador Más Valioso de la Liga Nacional en 1966 también fue el primer jugador latinoamericano en sumar 3,000 imparables en Grandes Ligas. Sin embargo, los números no captan la emoción de ver a Clemente corriendo las bases a toda velocidad ni sus disparos despampanantes desde el bosque derecho.

En el Día de Roberto Clemente, que coincide con el inicio del Mes de la Herencia Hispana en los Estados Unidos, recordamos el altruismo y las hazañas beisboleras de Clemente. Pero hay otra parte del legado del boricua que merece reconocimiento en este día: La manera en que se enfrentó a la intolerancia y al racismo durante su carrera, para que otros no tuvieran que hacerlo.

Clemente llegó a las Grandes Ligas en 1955, ocho años después de que Jackie Robinson se convirtiera en el primer jugador afroamericano en la historia de las Ligas Americana y Nacional, y nueve años antes de la Ley de los Derechos Civiles de 1964 en EE.UU. Parece apropiado que Clemente debutara contra Robinson y los Dodgers de Brooklyn, ya que el puertorriqueño continuaría la batalla por la igualdad racial dentro del deporte.

Como afrolatino, Clemente estuvo sujeto a las leyes Jim Crow, especialmente en Fort Myers en la Florida, donde los Piratas realizaban sus entrenamientos primaverales. Como los otros jugadores de la raza negra de su época, Clemente no podía hospedarse en los mismos hoteles ni cenar con sus compañeros de la raza blanca en restaurantes. La segregación era algo extraño para Clemente, quien se había criado en una sociedad mucho más integrada en Puerto Rico.

“Mi madre y mi padre nunca me enseñaron a odiar a nadie, ni a menospreciar a nadie por su raza ni su color”, dijo Clemente en un programa de televisión en octubre de 1972, en lo que se cree fue su última entrevista con medios estadounidenses. “Nunca hablábamos de eso”.

En esa entrevista, el reservista del Cuerpo de Infantería de Marina de EE.UU. describió sentir tanta indignación de tener que esperar en el autobús del equipo mientras sus compañeros de equipo blancos cenaban que le exigió al gerente general Joe Brown que el club le proporcionara un carro particular a los jugadores de la raza negra para que pudieran moverse con más libertad.

A Clemente tampoco le daba reparo encararse a la prensa, que solía anglicanizar su nombre a “Bob”, pese a su objeción y que se burlaba de su acento cuando hablaba inglés. Exigía ser tratado con respecto y dignidad, aun mientras algunos de sus compañeros le aconsejaban que fuera más discreto.

“Me decían, ‘Roberto, mejor cállate la boca porque te van a mandar [a ligas menores]’”, recordó Clemente. “Y yo decía ‘No me importa de una forma u otra. Si soy lo suficientemente bueno para jugar aquí, entonces tengo que ser lo suficientemente bueno para ser tratado igual que los otros jugadores’”.

“Su influencia en la cultura del liderazgo en el béisbol es lo que suele olvidarse”, dijo Adrián Burgos Jr., profesor de historia en la Universidad de Illinois, cuyo enfoque es la participación de las minorías en los deportes profesionales norteamericanos. “Clemente fue una figura que no estaba conforme, no complacía a aquellos que se negaban a tratar a su gente, afroamericanos y latinos, como si fueran menos que otros individuos en el béisbol”.  

No fue hasta 1960, su sexta temporada en las Mayores, que la carrera de Clemente despegó de verdad. Esa temporada, fue convocado a su primer Juego de Estrellas y ganó su primer Guante de Oro. Luego, ayudó a los Piratas a vencer a los Yankees en siete juegos en la Serie Mundial. Pero aun cuando alcanzó el estrellato, Clemente siguió siendo un hombre humilde. 

Y el orgullo puertorriqueño de Clemente jamás mermó. Y en ningún momento fue más obvio que en 1971, cuando bateó .414/.452/.759 en el Clásico de Otoño para convertirse en el primer latinoamericano reconocido como Jugador Más Valioso de una Serie Mundial. Dicha actuación incluyó dos jonrones, incluyendo un cuadrangular solitario en el cuarto inning del Juego 7 que resultó ser crucial en el triunfo por 2-1 que le dio a Pittsburgh el triunfo sobre Baltimore.

Para los que sintonizaban la Serie Mundial en Latinoamérica, lo que hizo Clemente después de aquel partido – pedirles a sus padres en Puerto Rico la bendición, es español, por televisión – fue igual de heroico. En lo que calificó como “el día más grande de mi vida,” Clemente afirmó que por encima de todo, seguía siendo puertorriqueño.